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LA MORA Y EL PASTOR
En el siglo VIII, España está invadida por los árabes. En Cañamero se acomoda la tribu bereber de los natza y construyen una fortaleza en la montaña desde la que se domina el pueblo. Los vecinos de Cañamero viven principalmente del autoconsumo de la agricultura y la ganadería alternado con la venta de algunos productos como el corcho o el lino, y algunos alimentos y utensilios de intercambio.
Una mañana de los días cálidos de verano, Alonso, un joven muchacho, se encuentra por la ribera del río Ruecas cuidando de su pequeño rebaño de cabras. A su llegada al conocido sitio del charco de La Arena, sorprende a una doncella disfrutando del baño, ésta al percatarse de la presencia de un extraño, se apresuró a salir del agua a coger su vestimenta y encaminarse hacia su residencia. El joven apenas tuvo tiempo de reparar en ella.
Desde aquel día, cada vez que se acercaba por el lugar, se adelantaba al rebaño y marchaba sigilosamente con la intención de encontrarse a aquella mujer en las cristalinas aguas de La Arena, pero eso no llegó a suceder más en todo el verano.
El invierno llegó y amaneció con algo de lluvia y el paisano Alonso salió con su rebaño. A media mañana, el chico se ve obligado a subir a rescatar a un cabrito que había subido a un risco y no era capaz de bajar, pero los canchos estaban muy resbaladizos con la lluvia y Alonso cayó. Aanisa, habitante de la fortaleza que se encontraba recogiendo plantas por los alrededores, se encontró al joven yacente con la cabeza ensangrentada, y ésta lo arrastró hasta una cueva cercana donde lo acomodó sobre un lecho que preparó a base de retamas y matorral. Para que entrara en calor, encendió una hoguera y se arrancó un trozo del vestido para curarle las heridas. Alonso, al despertar, creía vivir un sueño, el rostro que estaba viendo lo cautivó, una bella mujer lo miraba con unos grandes ojos negros mientras sus gélidas manos le limpiaban el rostro muy dulcemente. No quería despertar, pero la joven al verle abrir los ojos le brindó una sonrisa, y éste, atónito, dudando de sueño o realidad, apretó con sus manos las de la joven para cerciorarse de que era real. Alonso, se quedó estupefacto y no le salían las palabras.
- Aanisa, ese es mi nombre, dijo la doncella.
Los árabes y los cañameranos habían aprendido a entenderse con el intercambio de productos y alimentos. Aanisa le contó que ella vivía en el castillo y que estaba recolectando plantas cuando lo encontró.
- No tienes nada excepto una herida en la cabeza. Ahora debo regresar, añadió ella.
Alonso aún estaba perplejo e incapaz de reaccionar, la muchacha se fue, él empezó a recordar y salió en busca de su rebaño.
Aquel incidente provocó un deseo sentimental en Alonso, no pasaba mañana que no acudiera a las inmediaciones del castillo para volver a ver a la doncella y no pararía hasta conseguirlo. Al fin, una mañana la divisó a lo lejos, pero la habilidad de pastor por el monte y el terreno de sierra le permitió presentarse ante ella en un instante. En agradecimiento a la joven, éste le había fabricado con piel de cabra un bolso para la recogida de sus plantas. Enseguida le habilitó un asiento con su chaqueta y le pidió posarse para charlar. Le preguntó a la joven si solía bañarse en época de calor en el charco conocido como La Arena y ella le respondió que le encantaba bañarse allí. La charla se convirtió en un bombardeo de batallas que el muchacho emocionado le contaba y, mientras le expresaba sus aventuras, ella contemplaba los movimientos de sus labios, el color de sus ojos y como el ajetreo de sus brazos acompañaban sus palabras.
La atracción sentimental entre los dos jóvenes no había hecho más que empezar a hervir. Las visitas entre ambos se hicieron más frecuentes y la pasión fue creciendo mutuamente. Sin embargo, a la morita le atormentaba el código ético de su pueblo, por lo que se veía en la necesidad de informarle de dichas imposiciones. Aanisa le expuso que estaba sometida a las pautas de su clan y que no podía salir de la fortaleza sola excepto para recolectar plantas. También le contó que su familia nunca aprobaría la unión con alguien que no fuese de su raza.
A primeros de verano, el calor va aumentando y la pareja se cobija a la sombra de un gran chaparro situado sobre un gran manto de hierba donde se revuelcan intercambiando besos y derrochando amor a raudales. El tiempo es devorado por la pasión, la hierba les envuelve y las flores les engullen durante un tiempo fugaz, un tiempo que ha transcurrido y que llega a su fin. La muchacha tiene que regresar, dura es la despedida y larga la espera de un nuevo reencuentro, algo a lo que traman poner fin.
En su nuevo acercamiento concretan un plan, Aanisa le lleva a unas cuevas en la zona norte de la montaña donde se encuentran unos mapas. Ella le describe su significado detallando por dónde van las galerías que sirven de escape del castillo. Ultiman los detalles para llevar a cabo el plan a la noche siguiente y así aprovechar la luz de la luna llena, pero esta vez son sorprendidos por un soldado de la fortaleza. Sin tiempo para recapacitar, Alonso mete una piedra en su honda, y con su destreza, al soltar la piedra, impacta en la cabeza del musulmán. Sin vacilar un instante, la pareja debe emprender la huida inmediata. Ya no hay plan y hay que improvisar. El soldado, aún aturdido, logra verlos con dirección al río, llega al interior del castillo y da la voz de alarma. Rápidamente se organizó a una sección de hombres para dar caza a los fugitivos.
Alonso conocía las sierras y sabía que tenía que buscar pasos complicados para atrasar el seguimiento de los caballos. Su intención era remontar el río e introducirse en lo más abrupto de las Villuercas. El sonido atronador de los cascos de los caballos al pasar por los malos pasos llegaron a los oídos del joven. Alonso era consciente de que el reto no era fácil. La sección formada por 40 soldados avanzaban por el desfiladero del río Ruecas al ritmo que sus caballos les permitían, incluso paraban para encontrar el rastro de los huidos. Alonso cambiaba de margen del río para tratar de complicarles el rastro, pero aún así no era suficiente. Tenían que tenderles una emboscada. Se encontraban en la zona de Las Quebras y les pidieron ayuda a los de La Majada. Éstos se la ofrecieron sin vacilar, les llevaron a una de las zonas de paso más escarpadas y de pasos complicados, donde comenzaron a construir empalizadas con ramas de roble y a almacenar piedras de la pedrera adyacente.
Sin tiempo que perder, les colocó en posición, y a la señal indicada, echarían a rodar los peñascos ladera abajo consiguiendo arrollar a todo el pelotón de soldados, excepto a uno, el cual al verse acorralado se precipitó por un acantilado con la intención de caer en una poza del río. El soldado logró caer en dicha zona tras golpearse repetidas veces durante el trayecto, quedando así sus retos en el agua (lugar conocido hoy como El Salto del Moro). Los islámicos siguieron la búsqueda durante mucho tiempo, pero Alonso y Aanisa, se dice que vivieron felices en los rincones más inhóspitos de las Villuercas.
Durante años, los habitantes de la sierra percibían voces entre los espesos bosques de las Villuercas, incluso en los apretados cañones y valles se podían escuchar el eco de esas voces, y es que, los árboles y las rocas sabían balbucear sus nombres.

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